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Riesgo de baja disponibilidad energética y trastornos alimentarios en volleybolistas femeninas

En jugadoras de voleibol femenino, más de un tercio presentó riesgo de baja disponibilidad energética y casi una de cada cinco mostró riesgo de conductas alimentarias desordenadas, pero ambas condiciones coincidieron solo en el 10% de la muestra, lo que pone de manifiesto que no basta con detectar una para asumir la presencia de la otra.

Qué se estudió: población, diseño e instrumentos de evaluación

Este estudio transversal basado en una encuesta en línea analizó a 213 jugadoras de voleibol femenino de Turquía, reclutadas mediante muestreo no probabilístico por conveniencia. Se evaluaron dos condiciones relevantes para la salud de las atletas:

  • Riesgo de baja disponibilidad energética (BDE), también conocida por sus siglas en inglés como Low Energy Availability (LEA), medida con el cuestionario Low Energy Availability in Females Questionnaire (LEAF-Q).
  • Riesgo de conductas alimentarias desordenadas (CAD), evaluado con el Eating Attitudes Test-26 (EAT-26).

El diseño permitió estimar las proporciones de atletas en riesgo para cada condición por separado, analizar si esas proporciones variaban según el nivel de competición y explorar la coexistencia de ambos riesgos en las mismas jugadoras. Además, se examinaron las correlaciones entre la puntuación total del EAT-26 y las puntuaciones total y por dominios del LEAF-Q (función gastrointestinal, función menstrual e historial de lesiones).

Qué encontraron: prevalencia, variación por nivel competitivo y relación entre los dos riesgos

Riesgo de baja disponibilidad energética (BDE / LEA)

El 33,3% de las jugadoras fue clasificada en riesgo de BDE según el LEAF-Q. Esta proporción no difirió de forma estadísticamente significativa entre los distintos niveles de competición (p = 0,825), lo que sugiere que el problema es transversal a las categorías y no se concentra en un nivel particular.

Riesgo de conductas alimentarias desordenadas (CAD / DE)

El 17,4% de las jugadoras presentó riesgo de CAD según el EAT-26. A diferencia de la BDE, este porcentaje sí varió significativamente según el nivel competitivo (p = 0,034), con la proporción más alta registrada en las atletas de la Segunda División de la Liga Femenina de Voleibol de Turquía.

Coexistencia de ambos riesgos y su relación estadística

Ambos riesgos coexistieron en el 10,3% de la muestra. A pesar de esta coexistencia parcial, el riesgo de CAD se asoció con mayores probabilidades de presentar también riesgo de BDE: las jugadoras con riesgo de CAD tuvieron una odds ratio no ajustada de 3,80 (intervalo de confianza del 95%: 1,82–7,92) para el riesgo de BDE, es decir, casi cuatro veces más probabilidad.

Correlaciones entre puntuaciones del EAT-26 y el LEAF-Q

La puntuación total del EAT-26 se correlacionó positivamente con:

  • La puntuación total del LEAF-Q (p < 0,001).
  • El dominio de función gastrointestinal del LEAF-Q (p < 0,001).
  • El dominio de historial de lesiones del LEAF-Q (p = 0,004).

En cambio, no se encontró correlación significativa con el dominio de función menstrual (p = 0,133), lo que indica que las actitudes alimentarias desordenadas no necesariamente se reflejan en alteraciones del ciclo menstrual detectadas por el LEAF-Q en esta muestra.

Qué significa para la práctica: cómo aplicar estos hallazgos en el voleibol

Los autores concluyen que el riesgo de BDE fue frecuente en esta muestra, el riesgo de CAD fue comparativamente menos común, y su coexistencia fue solo parcial. La consecuencia más clara para el trabajo cotidiano con jugadoras de voleibol es que no es válido inferir la presencia de uno de estos problemas a partir del otro: una jugadora puede tener BDE sin mostrar actitudes alimentarias desordenadas detectables, y viceversa.

Implementar cribado sistemático para ambas condiciones por separado

Dado que BDE y CAD se solapan solo parcialmente, conviene incorporar instrumentos de detección específicos para cada condición dentro de los protocolos de evaluación al inicio de temporada y durante ella. El LEAF-Q y el EAT-26 son herramientas de cribado validadas que pueden ser administradas por preparadores físicos o profesionales de la salud integrados en el cuerpo técnico. Usar únicamente un cuestionario dejaría sin detectar a una parte significativa de las jugadoras en riesgo.

No restringir el cribado a un nivel competitivo específico

El riesgo de BDE apareció en proporciones similares en todos los niveles de competición analizados. Esto indica que el problema no es exclusivo de las élites ni de las categorías inferiores: conviene aplicar el cribado independientemente del nivel de la jugadora, desde divisiones regionales hasta ligas nacionales. El riesgo de CAD sí mostró variación entre niveles, con una proporción mayor en la Segunda División, aunque los autores no explican las causas de esta diferencia; se trata de un dato que merece seguimiento en futuros estudios.

Prestar atención a los síntomas gastrointestinales y al historial de lesiones como señales de alerta

La correlación positiva entre la puntuación del EAT-26 y los dominios de función gastrointestinal e historial de lesiones del LEAF-Q sugiere que las jugadoras con actitudes alimentarias más problemáticas también tienden a reportar más síntomas digestivos y más lesiones previas. Para los preparadores físicos y kinesiólogos, esto significa que una jugadora con lesiones recurrentes o molestias gastrointestinales frecuentes podría merecer una evaluación más profunda que incluya su estado energético y sus actitudes hacia la alimentación, en coordinación con un profesional de la nutrición o de la salud mental.

La función menstrual no es un indicador suficiente por sí solo

El hecho de que la función menstrual no se haya correlacionado significativamente con las puntuaciones del EAT-26 en este estudio es un recordatorio importante: la ausencia de alteraciones menstruales visibles no descarta la presencia de actitudes alimentarias problemáticas ni de BDE. En la práctica, no conviene usar la regularidad del ciclo como único filtro para decidir si una jugadora necesita evaluación adicional.

Coordinación multidisciplinaria y sensibilidad en la aproximación

Tanto la BDE como las CAD son condiciones que requieren intervención de profesionales especializados (nutricionistas deportivos, psicólogos y médicos). El papel del entrenador y del preparador físico es facilitar el cribado y derivar de forma oportuna, sin emitir juicios ni diagnosticar. Conviene establecer canales de comunicación claros y un ambiente de confianza en el equipo para que las jugadoras puedan expresar dificultades relacionadas con la alimentación o la energía sin temor a consecuencias en su participación deportiva.

Limitaciones del estudio a tener en cuenta

  • El diseño transversal permite identificar asociaciones, pero no permite establecer relaciones de causalidad entre las variables analizadas.
  • El muestreo por conveniencia no probabilístico limita la representatividad de los resultados: no es posible generalizar con certeza a toda la población de jugadoras de voleibol femenino de Turquía ni a otros contextos nacionales.
  • La muestra es exclusivamente de Turquía, por lo que la extrapolación a ligas o contextos culturales diferentes debe hacerse con cautela.
  • Tanto el LEAF-Q como el EAT-26 son herramientas de cribado, no instrumentos diagnósticos. Las clasificaciones de “en riesgo” no equivalen a un diagnóstico clínico de BDE ni de trastorno alimentario.
  • Al tratarse de una encuesta en línea con autorreporte, existe la posibilidad de sesgo de respuesta o de deseabilidad social, especialmente en preguntas relacionadas con la alimentación.

Conclusiones aplicables para el trabajo con jugadoras de voleibol

  1. El riesgo de baja disponibilidad energética afectó a 1 de cada 3 jugadoras en esta muestra, independientemente del nivel competitivo: el cribado debe ser universal en los equipos femeninos.
  2. El riesgo de conductas alimentarias desordenadas y el riesgo de BDE no son intercambiables: solo el 10,3% de la muestra presentó ambos simultáneamente, por lo que es necesario evaluar cada condición con su propio instrumento.
  3. Las jugadoras con riesgo de CAD tienen casi cuatro veces más probabilidad de presentar también riesgo de BDE, lo que las convierte en un subgrupo que merece seguimiento prioritario.
  4. Los síntomas gastrointestinales frecuentes y el historial de lesiones pueden ser señales de alerta indirectas que justifiquen una evaluación nutricional y conductual más completa.
  5. La regularidad menstrual no debe usarse como único criterio para descartar problemas energéticos o alimentarios en las jugadoras.
  6. Toda detección de riesgo debe derivarse a profesionales de la nutrición y la salud mental: el cuerpo técnico facilita el proceso, pero no diagnóstica ni trata estas condiciones.
Interpretación elaborada con inteligencia artificial (Claude, de Anthropic) a partir de la publicación original, y revisada por el Comité Académico de Online Education Center.
Publicación Original